Por José Alejandro Santana

«Caracas, allí está, vedla tendida a las faldas de Ávila empinado. Odalisca rendida a los pies del sultán enamorado.»

                                                                                                                         Juan Antonio Pérez Bonalde

La joven Caracas tiene muchas  razones para sentirse orgullosa. Tiene historia, geografía y futuro para rato. Sus 451 años no parecen demasiados si se ubican en el intrincado mapa temporal del planeta, y sin embargo su experiencia es envidiable.

Hay en esos cuatro siglos y medio de cultura, leyendas y obras, momentos terribles y gloriosos, héroes, cobardes, asesinos, locos y sabios. Personajes asombrosos han nacido y vivido en el largo y estrecho valle. Cuentos increíbles y episodios insólitos han surgido de la ciudad cuya aparente tranquilidad oculta una pasión explosiva. Sólo con las biografías de los extraordinarios protagonistas del siglo XIX se llenan bibliotecas. Sólo con las extraordinarias invenciones de los creadores del siglo XX se llenan los museos. El 25 de julio de 1568 Diego de Losada trazó una cuadrícula para organizar las calles y los solares, se ofició una misa y se fundó Santiago de León de Caracas. Los primeros años fueron difíciles e interesantes, Caribes indomables, piratas ambiciosos y desastres naturales se atravesaron en el camino, pero la villa sobrevivió y fue creciendo, sana y salva en su recluido lugar. En 1673 una Caracas niña, de sólo 106 años de edad, presenció la creación del colegio seminario que llevó su nombre, el de Santiago de León. El seminario creció poco a poco junto con las calles y el número de habitantes, en 1722 rey Felipe V lo transformó en la Universidad Real y Pontificia de Caracas. En 1827, finalizada la guerra de independencia, en una ciudad cansada y despoblada, devastada por dos décadas del más sangriento de los conflictos, las nuevas autoridades republicanas cambiaron su nombre a Universidad Central de Venezuela, que es el que mantiene en la actualidad.

Durante casi todo el siglo XIX, y principios del XX, Caracas y su universidad evolucionaron al ritmo de los acontecimientos de la época.

El dictador Antonio Guzmán Blanco vistió de gala a una Caracas de techos rojos aún adolescente, le construyó plazas, bulevares,  edificios emblemáticos y monumentos.

El dictador Juan Vicente Gómez no la quiso, le resultó antipática la actitud de esa joven resuelta e independiente a aquel gocho intransigente, la dejó sola y prefirió a Maracay, más sumisa y bastante menos peligrosa. El dictador Marcos Pérez Jiménez –otro gocho- en cambio, se enamoró de ella y la convirtió, por un instante, en la capital de un imaginado mundo futuro,  la usó como retrato de un nuevo ideal nacional y de un audaz país en desarrollo.

En 1941 se fundó la Facultad de Arquitectura de la Universidad Central, y unos pocos años después, en 1954,

el enamorado Pérez Jiménez inauguró, en el ombligo del valle, el magnífico nuevo campus de una elegante y esperanzada universidad.

Simultáneamente se construían  T orres,  Hoteles,

autopistas y  obras de infraestructura,  decenas de edificios públicos y privados.

Durante los años cincuenta del siglo XX se celebró la mejor fiesta arquitectónica de la historia caraqueña.  Nunca antes se vio, ni después se ha visto, nada igual.

Durante los años sesenta Caracas, y la Universidad Central, fueron protagonistas de la lucha armada que se desarrolló, durante toda la década, entre los incipientes gobiernos democráticos y los movimientos insurgentes de izquierda. La ciudad, como tantas otras veces, presenció fascinantes y absurdos episodios.

La universidad fue intervenida y cerrada por la fuerza en octubre de 1970.

Reinició actividades en 1971, en medio del movimiento de Renovación Académica.

Un proceso cuyos orígenes pueden encontrarse en los disturbios estudiantiles de París ocurridos en mayo de 1968, el controversial Mayo Francés.

Es en este contexto que, en 1972, se funda la Unidad Docente Nueve.

Las unidades docentes fueron una invención interesante y original, grupos no siempre coherentes de profesores a los que se les encargaría la misión de impartir todos los conocimientos de la carrera, organizados en pequeñas escuelas autónomas. Finalmente, las unidades docentes sólo se responsabilizaron por el taller de proyectos, pero aún así se convirtieron en las columnas fundamentales de la estructura académica de la facultad.

Las heterogéneas unidades desarrollaron, desde el principio, estrategias, enfoques e intereses muy diferentes. Durante los años setenta la Facultad de Arquitectura fue un lugar de ideas novedosas, a veces francamente absurdas, pero sin duda, rotundas y rebeldes.

 El movimiento de renovación académica estaba cargado de temas sociales, el espíritu de los tiempos era que los asuntos esenciales –para la arquitectura y los arquitectos- eran el hombre nuevo, la nueva estructura social, el nuevo orden revolucionario. La recién nacida Unidad Nueve, en ese momento, planteó una idea menos radical, más antigua, más racional.

A los arquitectos fundadores de la unidad les interesaba la Arquitectura junto con los temas sociales, sin embargo, se enfocaban en el proyecto con sensibilidad social y memoria,  no en la sensibilidad social sin memoria ni proyecto.

Durante 45 años la UD9 ha defendido la idea de que hacer proyectos es la razón de la arquitectura, de que pensar como arquitectos significa medir y modelar, hacer, representar y edificar, de que la arquitectura – la noble, útil, firme y bella- puede y debe explicarse y justificarse.

Simultáneamente ha también desarrollado la noción de que, si es cierto que todo proyecto se merece una explicación y una justificación, es igual de cierto que, cuando se trata de arquitectura, no debe, ni puede, haber explicación ni justificación sin proyectos.Los últimos años del siglo xx resultaron, para Venezuela, tiempos de peligrosa abundancia y excesos.

La ciudad, ya adulta, se volvió desenfadada, orgullosa de sí misma y desenfrenada. La academia, demasiado vanidosa, se volvió permisiva y poco curiosa.

Paradójicamente ambas crecieron, se desarrollaron y se deterioraron simultáneamente. Barrios inmensos y proyectos faraónicos invadieron la ciudad.

Burócratas mediocres y políticos aprovechadores se apoderaron de la academia. La Unidad Docente Nueve, y los habitantes de Caracas, navegaron bien en el mal tiempo. Siempre han sabido hacerlo.La supervivencia se hizo costumbre, la independencia y la individualidad se hicieron imprescindibles. Pero la tormenta fue larga y no amainó,  los primeros años del siglo XXI resultaron implacables y catastróficos. Caracas y la Universidad Central no se salvaron de la debacle.

En el año 2017 la ciudad, y la UD9, se consiguieron a sí mismas en una encrucijada, en un encuentro de fechas y realidades.

Ese año nuestro valle y nuestras certezas colapsaron una vez más, en la UD9 se nos ocurrió que, en esa pequeña nueva catástrofe, residía una oportunidad que podíamos aprovechar, que la coyuntura no debía dejarse pasar. Así que abrazamos la ocasión y nos entregamos a Caracas, bella y peligrosa como toda mujer interesante, muchas veces terrible en su incoherencia y siempre sorprendente en su diversidad.

En 2017 cumplió 450 años y su aniversario coincidió con el cumpleaños 45 de la Unidad Docente Nueve. Pensamos que extrañas circunstancias como esta no debían ignorarse, así que las agarramos para nosotros –a la ciudad y a la coincidencia- y las convertimos en razones fundamentales para una experiencia docente que nos ayudara a conocer y a enseñar.

Caracas a veces se rompe, se oculta, se extravía. Nosotros, con empeño y deseo decidimos, por un rato, intentar repararla, develarla y conseguirla.

No es fácil comprender y explicar a la niña inocente, a la adolescente rebelde, a la joven enigmática.

El arquitecto Martín Vegas solía decir que Caracas era una ciudad atacada por sus habitantes y defendida por su topografía. Según José Ignacio Cabrunas: Caracas pertenece al ámbito de la destrucción deliberada, como un ladrillo erróneo que termina por no dejarnos satisfechos. Caracas es una ilusión de inconformes, y asumirla de otra manera es, sencillamente, creer que vivimos en otra parte y no en lo que hemos fabricado, mientras tanto y por si acaso.

Ambas aseveraciones nos aproximan a las profundas contradicciones caraqueñas. Una ciudad desmemoriada con una historia extraordinaria, que se siente más cómoda destruyendo que construyendo, olvidando que recordando. Una ciudad de contrastes y maravillas que simultáneamente se ataca y se defiende a sí misma.

A través de proyectos hemos tratado de descifrarla, hemos tratado de habitar su incoherencia y disfrutar su diversidad, nos hemos aproximado con cautela, la dama no es fácil, hemos tratado de saborearla sin parecer obscenos,  de hablarle y escucharla con atención e interés sin que se fastidie de nosotros,de tocarla sin que se ofenda y se sienta acosada o mancillada,  de mirarla fijamente sin que se ofusque y se esconda,  de olerla con instinto y placer pero sin morbo exagerado,

de atenderla con paciencia y curiosidad, de disfrutarla y alagarla aunque se ponga necia,

 

de besarla y no sólo que se deje, sino que además nos devuelva el beso, de quererla sinceramente.

Hemos tratado de ser osados y sensatos además de curiosos. No estamos seguros de haberlo hecho bien, pero al final, sin duda, hemos aprendido a entenderla y a respetarla un poco más… a ella, y en el proceso, también a nosotros mismos.

Mientras tanto Caracas sigue ahí… tendida a las faldas del Ávila empinado, no tan rendida como parece, diversa y orgullosa como siempre… Esperando

 

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